Elogio del soltero empedernido
Por Alejandro Ramírez Morón
Cuando comenzó la epidemia del SIDA, hace ya algunos años, había una campaña publicitaria: vivir en pareja es mejor. Esa ha sido también la apuesta de la Iglesia Católica. Se desaconseja el uso de condón, no porque este no evite las enfermedades venéreas, sino porque el sexo libre contraviene las escrituras. Pero yo quiero hacer acá un elogio del soltero empedernido.
Mira, la vida espiritual de un católico pasa por la confesión, por la oración, por el ayuno, por la misa, por la lectura cotidiana de la Biblia. Pero lo que realmente hace a un alma elevada en cuanto a la fe católica es el amor. El amor puede ser entendido de mil maneras. Uno puede amar a su madre, a su perro, a su esposa, o a sus amantes. Uno puede amar la libertad. Uno puede amar la soltería. Los sacerdotes toman voto de castidad.
Un día yo elegí ser una especie de cura no ordenado como tal. O sea, me dije a mi mismo: como cura serías un desastre, pero tal vez puedas llevar la vida de un laico comprometido, dando lugar a dos o tres placeres culposos. A mi me gusta el mundo, me gustan los hombres, y también me gustan las mujeres –soy un heterosexual al que le gustan los hombres-, me gustan los viajes, me gusta el ron, el tabaco, me gusta la música de los Stones, me gusta estar en medio del mundanal ruido. La ciudad, decía Manuel Caballero, entre más grande y ruidosa tanto mejor.
La historia de la santidad está llena de mártires. Yo me tomé al menos por 15 años de mi vida muy en serio la búsqueda de la santidad. Pero, como dice el gran poeta Rafael Cadenas, en ese sentido, me sentí predestinado a grandes cosas, y con el tiempo esa certeza me derribaría. Pero nunca dejé de tener a Cristo y a María en el corazón. Los últimos dos años han sido para mi de una transformación radical. Cambió mi cuerpo, cambió mi corazón, cambió mi alma, cambió mi manera de entender la vida, y la religión católica.
Dice la Biblia que quien se hace amigo del mundo, se hace enemigo de Dios. De ahí la vida de los monjes de clausura, de las hermanitas de la caridad, que van cubiertas hasta el cuello, etcétera. Es un rollo que me dejó de interesar. Yo creo que el pecado hace parte de la naturaleza humana, y que hay que ensuciarse los pantalones de barro. Me sigo confesando, soy un hombre de oración, incluso de vez en cuando hago ayuno, pero cada vez voy menos a misa. Me cansé de la misa como acto social, como otro evento en el cual debía soportar miradas y caras de la gente. Leo la Biblia siempre. Pero, sobre todo, trato de amar en cada acto de mi vida. Hasta en los más pequeños e insignificantes.
Lo cierto es que he decidido quedarme soltero. Un par de niñas lindas, bastante menores que yo, me pusieron a dudar un rato largo. Pero, como dicen los malandros: lo que está quieto, que se quede quieto. Es mejor no jugar con lo santo. Tomar un sacramento es un acto grande y trascendente. Prefiero vivir mi fe en solitario. Y tener amores, acá y allá, tan largos como los 20 años que me quedan de juventud o acaso un poco más. Tampoco estoy cerrado a tener un hijo, o quizás dos. Pero eso no implica matrimonios, suegras, vajillas y todo el ajuar. Lo importante es ser feliz, y morir feliz. Pero hay que tener cuidado con las vidas disolutas y vacías.
FIN

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