EL ESCRITOR



Por Alejandro Ramírez Morón

Un escritor es un hombre que ha quedado perdido en el espacio. Toda historia, es una historia sin fin. Al verdadero escritor le pasa lo que a Alejandro Magno: ha terminado regido por signos, señales, guiños y cantos de pájaros. El verdadero escritor no teme al deadline. Escribir es su manera de estar en este mundo, de entender esta vida. Luego, sabe que el texto vendrá de manera natural, como un despacho de los dioses, o un estornudo al romper el cristal del alba.

El escritor de raza no teme ser sacudido por el Diablo contra el suelo, mientras intenta violentar la calma de la página en blanco. Las palabras se forjan en la calle, durante las horas de sueño, en la taquilla de un banco, frente a un par de huevos fritos, en cada rasurada matinal, en cada dosis franciscana de lectura. El escritor nace, sí, pero también se hace. Para esto hay que tener un talento innato, y a la vez dedicarse a cincelar con esmero y paciencia ese diamante en bruto.

Lo cierto es que, una vez que te has entregado a la palabra, sabes que ella es tu dulce condena, una pena placentera, una exquisita esclavitud. Uno no sabe por obra de qué química demencial, por cuál mecánica celeste, los textos llegan siempre a la hora justa. Lo anterior no implica que lleguen sin dolor, ni sobresaltos. Uno sabe que llegan, que nada saldrá mal, pero también está dispuesto a sufrir lo que toca, a llevar el dolor que cada texto implica y necesita. Se entiende. Ya.

Esta certeza, claro, implica renuncia. Sólo cuando lo has dejado todo por la escritura, ella te concede esa seguridad absoluta. La literatura es como una mujer, como una esposa. Es posible que no te reproche tener otras mujeres, y te permita las noches de ronda, etcétera, siempre y cuando te sepa suyo para siempre, tanto y en cuanto ella sepa que lo has dejado todo por ella, en una relación directamente proporcional con tu capacidad de renuncia, de entrega sin grietas.

No temas de qué vas a comer, o con qué te vas a vestir. Es posible que nunca encabeces el ranking de Forbes, pero ella nunca te dejará caer, si sabe que lo has dejado todo por ella. La comida vendrá, el trago vendrá, el buen sexo, nada te va a faltar. Pero tienes que saber que se trata de una férrea dictadura. La literatura no admite medias tintas. Acá se es o no se es. Acá se tiene o no se tiene. No te andes por las ramas con ella, porque te echará a las patadas de su gran teatro.

El escritor de raza pega duro, lucha fuerte, se llena los pantalones de barro. Escupe al suelo, maldice y lanza un juramento. No se deja ganar por la página en blanco. Un verdadero escritor no puede ser cobarde. Tiene que tener los cojones de hierro. Porque, ya lo dijo Henry Miller, la mayor parte de la escritura se hace lejos de la máquina. Ergo, no puedes tener miedo de vivir, ni de morir. Porque sólo viviendo colmas la maleta de historias, y cada texto es una forma de muerte. Eso es todo.

La escritura es una forma de fe ciega. En cierto modo, escribir es un santo abandono. No te quejas. No frunces el entrecejo. Estás dispuesto a lo que sea. No tienes miedo de nada. Un día cruzas un umbral, y ya no hay vuelta atrás, ya no queda vuelta de hoja. Es allí cuando todo queda dicho. Sí.





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