VIVA LA RESISTENCIA



Por Alejandro Ramírez Morón 

@aleramirezve 

Este año ha sido raro. Recién cumplí 22 años de ejercicio como reportero. El mercado se ha cerrado brutalmente. Hoy la prensa es un negocio mermado y muy amenazado. Pero, entre una cosa y otra, mi trabajo ha visto la luz. La gente me ha leído. Es, no obstante, ir nadando contra la corriente. Sin duda. La Venezuela de Maduro no es un lugar paradisiaco para los periodistas, ni mucho menos. Pero él, el señor Periodismo, nunca me ha fallado.

Ya se acaba 2019. Y hay quienes cantan con falda, pero yo canto con pantalones, como decía el gran Lavoe. Me he mantenido en pie de guerra. Sin demasiadas pretensiones. Porque en tiempos como estos, hay que saber perderse entre la masa. Ser modesto, como el buhonero. No me interesan las candilejas, ni la mala prensa. La que olvidó su razón de ser, en aras de una facturación jugosa. No quiero pretender que me opongo al poder, cuando el poder paga mi mes.

Ya llega la Navidad, y pienso que la misión del pueblo católico es mantener la alegría. A pesar de todos los pesares. “Dar un testimonio gozoso de nuestra fe”, como ha dicho el papa Francisco. Y es que estos procesos devastadores, de miseria y decadencia, como el que vivimos en Venezuela, también son una gran escuela. Acá la lección es que la vida no puede ser derroche y vicio. Hay una dignidad en la pobreza. Hay una buena manera de ser pobre. Eso es lo que yo aprendí.

Durante la IV República vivimos una ilusión de modernidad. Había flamantes centros comerciales, coches americanos y veloces autopistas. Pero realmente nuestros indicadores macro económicos nunca “hicieron click” con la modernidad. Pensamos que ese Old Parr era vitalicio, como los senadores. Pero no. Un día vino lo peor. Y acá estamos. De modo que la Navidad, al menos para los católicos, debe volver a ser sencilla y alegre, modesta y santa.

Pero, ¿por qué no echarse un palo? ¿Por qué no echarse un polvo? La vida sigue. Y hay que aferrarse a la alegría. No debemos dejarnos aplastar por la bota negra de lo macabro, de la siniestra política que hoy nos atenaza. Esa es una labor para todo este año, para las Navidades, y para todo 2020. Esa es mi resistencia. “No me vas a ver arrodillado, miserable gorila”, es lo que pienso cuando me monto en el Metro y el vagón pasa 20 minutos parado en el andén.

Entonces me aferro a mi trabajo, a la dicha de tener a mi vieja viva y sana, a la comida que ella cocina, a la buena música, a mis libros, a la oración, y a las pequeñas delicias que me dan ser un hombre casero: una ducha helada, un buen café con tabaco, etcétera. Si las políticas de CAP II no se hubieran visto abruptamente torpedeadas, tal vez hoy seríamos la Suiza de América Latina, y yo quizás viviría en un Pent House en la zona rosa de la capital. Pero mi verdad no es esa hoy.

Hoy no bebo Old Parr, sino cocuy. No fumo Belmont, sino un tabaco Cumaná que deben usar los yerbateros más barriobajeros. Pero soy feliz. Y si tu peo es Cuba, voy a citar a Silvio Rodríguez: “Soy feliz, soy un hombre feliz, y quiero que me perdonen, por este día, los muertos de mi felicidad”. VIVA LA RESISTENCIA. No nos verán arrodillados. Cristo y María con nosotros. ABAJO CADENAS. ABAJO LA DICTADURA.

FIN


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